TESTIMONIO DE MATRIMONIO LAICO DE LA CONSOLACION

Escrito el 19/Dic/2015 en Destaques, Noticias

A pocos minutos de cerrar este año, el Año del Bicentenario del nacimiento de Santa María Rosa Molas, no podemos dejar de compartir los  sentimientos  que nos embargan, porque si algo hemos aprendido de nuestra Madre es que tanta bendición recibida se transmite, se comparte y se regala, que es la única manera de profetizar. Desde la apertura del año, allá en Reus de la que pudimos participar a la distancia gracias a los medios con que contamos hoy, pasando por cada momento, cada detalle con que se la agasajó en las distintas presencias,  el Congreso Latinoamericano de Pastoral, la reunión pos congreso en San Juan vivimos experiencias fuertes, que marcaron huellas profundas y dejaron resonando dentro nuestro reflexiones, ideas, convicciones,  sentimientos, emociones. . Y sí. A lo largo de este año su presencia se hizo especialmente fuerte, se instaló en nuestras vidas e hizo arder en nuestro corazón las ganas de hacerla nacer de nuevo, cada día, en cada uno de nosotros. Pero nos ayudó también a encontrarla habitando el alma de tantos hermanos, de tantas hermanas, hablándonos a través suyo, marcándonos rumbos que tal vez no hubiéramos elegido Y es inevitable, como en cada etapa que termina, esta necesidad tan humana de detener el paso y mirar hacia atrás. Y es así que mirando ese camino recorrido, entendemos que todo converge hoy en un solo sentimiento: GRATITUD. Gracias a Santa María Rosa Molas porque en un año tan intenso y tan difícil, habitó nuestro hogar. Gracias porque a través de nuestros hijos, que trajeron por primera vez  su imagen en una estampita adornada con papelitos de colores  o fideos pintados, ella comenzó a cautivarnos, y trajo la presencia de Dios a nuestra familia. Gracias porque hoy contemplamos a nuestros  hijos, que ya no son niños sino jóvenes  que tienen claro lo que es ser signos de contradicción en este presente que les toca vivir, y vemos en sus actitudes los frutos de esas semillas de consolación que tantas hermanas sembraron en nosotros a través de tantos años. ¡Cómo no dar gracias! Cómo no sentirnos bendecidos, al darnos cuenta de lo que verdaderamente hemos vivido al “hacernos y sentirnos parte” de la Consolación. Es como si Cristo mismo nos dijera “effatta” y nos abriera en este instante los ojos y nos permitiera VER y, al ver, no podemos dejar de sentirnos elegidos.

 Porque tuvimos el privilegio de haber vivido  ya de antemano ese camino que el Espíritu inspira y pide hoy a la Consolación.  La idea de “Familia de la Consolación”, la comenzamos a vivir desde el primer día en que nuestra hija mayor comenzó el jardín de infantes. Como padres delegados, como presidentes de la Unión de Padres, como guías de la Catequesis Familiar nos fuimos involucrando, fuimos aprendiendo y nos integramos con todo el corazón a la vida de la Consolación. Hoy tomamos conciencia de que, en realidad, desde hace veinte años compartimos la misión con las hermanas. Darle un lugar especial a los laicos fue premisa ya en ese entonces, cuando  nos enseñaron  a “abrir puertas”. Respetamos y fuimos respetados en nuestras convicciones y puntos de vista. Tuvimos la libertad de expresar nuestras opiniones, nuestros acuerdos, nuestras divergencias, y cuando fue necesario, dimos un paso al costado. Pero como en toda familia, nunca dejamos de estar, nunca dejamos de amar. Formarnos en la acción, concepto puesto en relieve en Aparecida fue nuestra experiencia personal con cada una de las asesoras, con cada una de las superioras, con cada una de las hermanas que pasaron por nuestras vidas. La necesidad de asumir la opción por los pobres, saliendo a la periferia  (que no fue comprendida en su momento) ya hace años, nos fue transmitida como legado insustituible de nuestra Madre. No hay misión compartida sin vida compartida, resonó en el II Congreso.  Vida compartida… ¡Cuánta vida hemos compartido con las hermanas! Cumpleaños, aniversarios, vacaciones, visitas en familia, despedidas, bienvenidas, alegrías, tristezas, enfermedades, lágrimas, enojos… ¡hasta protestas en la plaza! En algunas fotografías, en algún rosario, en una tarjeta, en un souvenir, en una carta, en un libro, encontramos esa materia que sirve de puente para que el alma se nos llene y para que recordemos, es decir, “volvamos a pasar por el corazón” tantos rostros queridos, tantas voces que nos aconsejaron, nos reclamaron, nos agradecieron, nos enseñaron, tantas manos que nos sostuvieron.

 Este fue un año de gracia. Pero mirando atrás, creemos que la gracia llegó a nosotros hace veinte años y desde entonces nunca nos abandonó. Que Dios siga bendiciendo a la Familia de la Consolación.

 ELIANA Y MARCELO